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El palacio de Le Corbusier

26 mayo 2010

Édouard Jeanneret (1885-1965) conocido como Le Corbusier, el arquitecto del siglo XX por antonomasia, una figura heroica de la historia de la arquitectura y maestro de maestros, escribió mucho sobre su arte, biografía,  diseños, obra y concepción de la arquitectura.  No fue a la Universidad, pero dijo que tuvo la suerte de tocar muy joven el Partenón con sus manos y llegar a la conclusión que “aquello” no se podía enseñar en las universidades:  “En arquitectura, las obras de dimensión humana son eslabones de la tradición, que está hecha de los eslabones revolucionarios del pasado.”

De su mano y su cabeza genialmente amueblada, nacieron los conceptos de racionalismo arquitectónico y “Máquina para vivir” al definir la vivienda. Se ocupó y preocupó de esa dicotomía filosófica que empareja a la casa, vivienda u hogar, con la felicidad de las personas. “Si merezco algo de gratitud pública, no es por los palacios que hice, sino por haber abordado el problema de la arquitectura, el arte, la expresión de la sensibilidad humana. Sentí que la vivienda era el lugar de la familia, y que se podría probar algo grande por ese lado, en que hallé que había gran parte de la felicidad humana”.

Al leer sus notas imagino que su infancia transcurrió en un hogar feliz:  Dice:

“La familia directa, padre y madre influyen en forma decisiva sobre mucha gente. Para mí fue importante, ya que mi familia era muy armoniosa, simple, digna y nada burguesa… Mi hermano estaba destinado a la música: violinista desde los ocho años, un concierto a los once. La familia se concentró en él mientras yo callejeaba con mis amigos y seguía mi propio camino. Dejé la escuela a los 13 años. “

Ya con 67, después de haber levantado verdaderas casas que hoy consideramos palacios de habitabilidad, tuvo una gran idea en una cafetería de la Costa Azul. En tan solo unos minutos dibujo los croquis de “Le cabanon” para regalárselo a su mujer por cumpleaños. Cuando construyó la cabaña siempre afirmó que aquellos 16 metros cuadrados  eran su verdadero palacio. Solía decir: Tengo un castillo en la Costa Azul que tiene 3,66 metros por 3,66 metros. La hice para mi mujer y es un lugar extravagante de confort y gentileza. Está ubicada en Roquebrune, sobre un sendero que llega casi al mar. Una puerta minúscula, una escalera exigua y el acceso a una cabaña incrustada debajo de los viñedos. Solamente el sitio es grandioso, un golfo soberbio con acantilados abruptos”…

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