La raíz y los vientos por Rodolfo Arévalo: Ante la útima curva

La inutilidad del camino final. Foto de Rodolfo Arévalo
La inutilidad del camino final. Foto de Rodolfo Arévalo

Llega un momento en que como el efecto de un transfocador, tu vida se aplana y comprime ya cerca del horizonte. No hay muchas alternativas al ver pasar los días sin estímulos inmediatos o lejanos. Sabes que la lejanía se está recortando, se acorta a pasos agigantados, y entonces, ¿para que volver a empezar?, es probable que no quieras, que el nuevo deseo se convierta de nuevo en baldío.

Al principio, en la juventud, el cambio de lugar, de vida, de trabajo, de situación, te impulsa. Pero ahora cualquier cambio te recuerda lo poco que va quedando, te recorta la perspectiva. Cualquier comienzo, hasta el de un posible amor nace ya yermo y sin rumbo, tu norte se lo llevó el tiempo. Ahora comprendo, porque los viejos pierden pronto la memoria cercana. No vale la pena retener lo nuevo que la vida te ofrece, no tienes lugar para ponerlo, no existe ya futuro, para ello. Así son mas felices, viven en el recuerdo, que es melancolía, procurando olvidar las penas y sinsabores. Pero por eso están callados y triste, metidos en ese mundo del que saben ya no van a salir. Y nada, ningún triunfo postrero sirve de recompensa, por eso son patéticos los homenajes y festejos, que no celebran tu vejez, si no la dicha de los que pueden decirte, en la fiesta, que son jóvenes, cargados de sueños, que morirán en su mayor parte, olvidados de los otros que jalearon cuando tú podías.

Ya suena la hora del perdedor, del perdedor del tiempo, los años, las ilusiones y sobre todo las fuerzas para hacerlas realidad. Cada mente tiene un aguante, pero llegados a un punto o te paras o te paran. Llega un momento en el que alguien te dice que no, que tu vida no ha sido fructífera, que siempre te ha movido el egoísmo, y tal vez sea verdad, porque todos somos egoístas, aunque no lo sepamos, esa es tu grandeza y tu pena como ser humano.

Lo que pasa es que cuando ves que las luces pueden apagarse pocos años mas tarde, recuperas el sosiego para perdonar a quién te hirió y te ofendió. Algunos no tienen ese problema porque siempre fueron ofensores, refugiados en sus dobleces de disimulo, pero por desgracia eso ahora a ti ya no te sirve de nada.

Rodolfo Arévalo Rodolfo Arévalo

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