Entre la edad de oro de los bolcheviques reglamentistas y nuestro Siglo de Oro universitario no hemos aprendido nada

Portada ABC

Disfruto hoy con la portada del periódico ABC que expresa uno de los grandes problemas españoles que hasta ahora permanecía silente. Y me retrotraigo a mis últimos recuerdos en la Universidad de Salamanca, la grafía de sus vítores y las aulas de don Miguel de Unamuno y esa otra conservada para la historia que alimentó intelectual y espiritualmente Fray Luis de León, un espacio de culto al pensamiento en el que todo un Quevedo, al que es fácil imaginar como un clásico alumno rebelde, se entretuvo en firmar una de sus bancadas.

Vítores Firma de Quevedo

Por allí también estuvo el Embajador Saavedra Fajardo, nuestro polítologo por excelencia del Siglo de Oro Español  que nos dejó para la reflexión esta cita insuperable sobre la manía reglamentista que hoy nos desborda:   “Las sociedades que se rigen con un exceso de leyes ocupan a la mayoría de los habitantes en los juicios y desperdician tiempo necesario para los campos y los oficios. El trabajo es frenado por la abundancia de leyes”.

Porque, y esta es la paradoja, el exceso legislador está íntimamente ligado, pero en dirección inversa, a la buena marcha de la economía. Cito otro apunte que lo demuestra, aunque la lista de eruditos, filósofos, políticos, novelistas y científicos que han hablado de ello es completísima.

Se trata de  ese monumento al Periodismo reconvertido en Literatura que es el libro de Manuel Chaves Nogales “El maestro Juan Martínez que estaba allí”. Se trata del testimonio de un bailarín flamenco de Burgos, Juan Martínez,  que en compañía de su mujer “La Sole”, después de conocer los mejores cabaretes de París y Estambul se traslada a Rusia y allí, en Moscú , Petrogrado y Kiev, vive la revolución desde sus inicios.

Los relatos de Martínez se centran en la descripción de los hechos, porque este testigo excepcional soslaya sus sentimientos a excepción del quizás mas animal del ser humano: la supervivencia. En Kiev, donde vivió la mayor parte de sus seis años de revolución dice: “A los bolcheviques se les había exacerbado la manía reglamentista y en cada esquina montaban una oficina para prohibir o perseguir algo: querían intervenirle a uno hasta la respiración” y más adelante, cuando en Odesa ya solo piensa en abandonar esa Rusia revolucionaria en la que está a punto de morir hambriento afirma: “Huyendo de aquella ciudad de la muerte, Sole y yo nos íbamos a la playa, y allí nos pasábamos el día tumbados al sol. Obtuvimos una autorización para bañarnos -hasta para bañarse en el mar hacía falta una autorización de los bolcheviques-“.

Juan Martinez, cultivado en la Universidad de la  vida, sobrevivió al hambre, el tifus, la checa, los chivatos y esa manía reglamentista que los ideólogos tenaces del comunismo pretender engordar sin asumir el exceso que ya nos consume a todos y que, además, permite a los golfos de toda calaña, incluidos rectores, catedráticos o simples profesores, eludir los controles de la razón y el fisco.

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